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Carta de amor de Simón Bolívar


Fanny Du Villars Aristeguieta

Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?

 

Ha llegado la última aurora:  tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus picos coronados de nieve impoluta, como nuestros ensueños de 1805; por sobre mí  pasa el cielo más bello de América, la sinfonía mas hermosa de colores, el más grande derroche de luz.....

 

Adiós Fanny!

 

Esta carta de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó la tuya en las horas del amor,  de la esperanza y de la fé; esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; es la letra escritora del Decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.

 

Si yo hubiera muerto en un campo de batalla, dando frente al enemigo, te habría dejado mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.

 

Te dejo en recuerdo mis tristezas y mis lágrimas que no llegaron a verter mis ojos.

 

No es digna de tu grandeza tal ofrenda?

 

Estuviste en mi alma en el peligro, conmigo perdiste los Consejos de Gobierno, tuyos fueron mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también, mi último pensamiento y mi pena postrímera.

 

En las noches galantes del Magdalena, vi desfilar mil veces la góndola de Byron por los canales de Venecia; en ella iban grandes hermosuras, pero no ibas tú por que tú has flotado en mi alma, mostrada por las níveas castidades...

 

A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las grandes congojas, apareces ante mis ojos moribundos con los hechizos de la juventud y la fortuna.  Me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes, me hablas y en tu voz escucho las dianas inmortales de Junín.

 

¡Adiós Fanny:  todo ha terminado!

 

¡Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías, se hunden en la nada!

 

¡Solo quedas tú como visión seráfica, señoreando al infinito, dominando la eternidad!

 

Me tocó la misión del relámpago:  rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderme en el vacío.

 

                                    Simón Bolívar